Sí, soy feminista

feminismo

Cuando la gente piensa en la palabra feminismo, le viene a la mente un concepto peyorativo. Algunos hombres, al declararme feminista, se sienten amenazados por esta idea y atacan automáticamente mi forma de pensar. Muchas personas no son del todo conscientes de hasta dónde ha calado un pensamiento machista que lleva desde siempre instaurado en nuestra sociedad. Incluso a veces yo no me doy cuenta. Todas y todos somos víctimas de este pensamiento único. Trato de ser consciente de ello y analizarlo en mi vida diaria para cambiar actitudes poco a poco. Como una lucha interior hacia una libertad que el colectivo de la mujer llevamos tanto tiempo ansiando.

Para aquellas y aquellos que aún no lo tienen claro, la definición de “feminismo” en el diccionario es la siguiente.

feminismo s. m.

1 Doctrina y movimiento social que defiende la igualdad de derechos para el hombre y la mujer.

No creo que nadie, mujer u hombre, puedan encontrar nada ofensivo en esta definición. No descalifica. No menosprecia. Sólo lucha porque los derechos de unas y otros sean similares. No dice que seamos iguales. Ni que seamos mejores. Las mujeres y los hombres somos diferentes, y tenemos capacidades y necesidades distintas. Tan sólo habla sobre la igualdad de derechos.

Sin embargo, no ocurre lo mismo con la definición de lo que algunas y algunos piensan erróneamente que es el antónimo de feminismo: el machismo.

machismo s. m.

1 Actitud de discriminación hacia las mujeres por considerarlas inferiores al hombre.

El significado de las palabras siempre es esclarecedor. Mientras una palabra busca la equiparación de derechos la otra encuentra desunión y confrontación.

Algunas y algunos piensan que este término de feminismo es parte del pasado. Que ya hemos superado el que mujer y hombre no tengan los mismos derechos. Que sólo somos mujeres rencorosas. Que nos pensamos mejores. Incluso politizan de alguna forma nuestra lucha.

Yo soy mujer. Tengo 37 años. Y a lo largo de mi vida he podido sufrir los siguientes menosprecios sólo por el simple hecho de ser mujer. Que me llamen “zorra” y “guarra” por la calle. Que me encasillen en un tipo de trabajo sin conocer mis aptitudes. Ser considerada un mero florero al lado de mi pareja. Que me acosen en el trabajo y que los compañeros rían la gracia del acosador. Estar a dieta perpetua para alcanzar unos cánones de belleza inalcanzables impuestos por la sociedad en la que vivimos. Que me digan, a modo de consejo, que soy poco femenina por no llevar tacones, ni el pelo largo, ni maquillarme. Que en la universidad un profesor cuestione mi inteligencia animándome a que me dedique a la peluquería o a ser “esteticienne”, una profesión más de mujer que ser periodista. Que me cuestionen por la decisión (totalmente meditada) de no tener hijos llamándome mujer incompleta.

Ésta es tan sólo una parte de mi experiencia. El día a día de de una chica cualquiera. Pero es fácil analizar un poco más a fondo lo que supone ser mujer hoy en día. La brecha salarial entre hombres y mujeres alcanza casi el 23%, según los últimos datos disponibles correspondientes a 2011, lo que supone que una mujer tiene que trabajar 84 días más al año para ganar lo mismo que un hombre. El porcentaje de mujeres en puestos directivos a nivel mundial es del 24%, mientras que las mujeres españolas, el 51% de los titulados superiores, ocupan el 21% de los cargos directivos, tres puntos menos que el año pasado y que nos sitúa por debajo de la media mundial y de la UE. En el mundo hay 830 millones de mujeres trabajadoras que no tienen permiso pagado de maternidad, pese a que las legislaciones de sus países sí lo contemplan. Si la cifra es abultada, todavía lo es más el porcentaje: son el 71,6% de todas las mujeres que trabajan. Un total de 700 mujeres han sido asesinadas en España en la última década por otros tantos hombres con los que mantenían o habían mantenido una relación sentimental. Si además, abrimos los ojos al resto del mundo, podemos comprobar que, hoy en día, en Afganistán, a las mujeres se les prohíbe trabajar fuera de sus hogares, ser atendidas por médicos varones, estudiar en cualquier institución educativa o son castigadas por no usar el burka; en la República democrática del Congo mutilan y violan a 400 mil mujeres por año; en Pakistán, no pueden aspirar a cargos públicos, sufren impunemente violencia doméstica y tienen la tasa más alta de asesinatos por dote y de matrimonios forzados entre menores de edad; en India, 50 millones de niñas desaparecieron durante el último siglo, víctimas de homicidio; en Somalia mutilan con la ablación al 95% de las niñas de entre 4 y 11 años.

Es imposible para mí no sentir el dolor colectivo de tantas mujeres. No me cabe en la cabeza que por nacer mujer tengamos que sufrir vejaciones e injusticias sociales. Y seguiré luchando porque el papel de la mujer en la sociedad sea tan importante como el del hombre. Porque no seamos consideradas provocadoras de actos que sólo el hombre comete. Porque seamos respetadas y valoradas.

Por eso digo con voz bien alta que sí, soy feminista. Y seguiré siéndolo.

Gracias por no piropearme

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Entiendo que es complicado cambiar hábitos en una sociedad donde a todos y a todas, hombres y mujeres, se nos enseña desde pequeños a tener un rol desde que nacemos. Los hombres son los que tienen éxito por sus méritos profesionales mientras que para las mujeres nuestro primer éxito es ser bellas y somos juzgadas por nuestro físico de manera continua desde que nacemos. Sé que muchos hombres no tienen mala intención diciendo un piropo por la calle y se consideran respetuosos por el contenido de los mismos, pero, si lo analizamos más a fondo, es una manera de enfatizar el rol aprendido por todos. El piropo solo es un halago si lo dice una persona con un lazo afectivo, de lo contrario es molesto y un abuso. Entiendo también que muchos hombres se verán reflejados aquí y se sientan confusos. Mi intención no es culparos personalmente (entiendo que es lo que la sociedad nos enseña a diario) sino intentar daros otra perspectiva, para que podáis decidir en el futuro, con una visión más amplia, si piropear abiertamente por la calle o no hacerlo.

Por supuesto, en vuestra encuesta personal por dar respuesta a este dilema, habrá mujeres que te dirán que no les importa ser piropeadas por desconocidos  y que se sienten halagadas. Que no sea una excusa para vosotros. Esto es lo que nos han enseñados a todas desde pequeñas: a sentirnos halagadas por una alabanza a nuestro físico, algo que se supone nuestro mayor mérito.

Si he de ser sincera, resulta una gran carga estar expuesta continuamente a que un hombre desconocido comente cualquier parte de mi fisco en cualquier momento y en cualquier lugar, de manera socialmente aceptada, porque perpetua esa idea arcaica de que las mujeres estamos en este mundo para deleite de los hombres. Y es una idea que creo firmemente que deberíamos romper para siempre. Hombres y mujeres.

Algunos dirán: ¿y si una mujer lanza un piropo a un hombre? ¿Acaso es diferente? Sí, lo es. Porque la realidad es que un hombre no es juzgado continuamente por su físico, sino por otro tipo de méritos. Sólo tenemos que analizar nuestro papel a lo largo de la Historia. Hace no mucho tiempo éramos consideradas objetos de pertenencia para los hombres, con menos voluntad, personas de segunda clase, donde nuestro papel social era ser cuidadoras de los hombres y madres de sus hijos.  Hasta 1981, en España, las mujeres debían pedir permiso a su marido para poder trabajar, cobrar su salario, ejercer el comercio, abrir cuentas corrientes en bancos, sacar su pasaporte, el carné de conducir, etc.

Es muy difícil cambiar estas ideas tan enraizadas socialmente en tan poco tiempo, y sólo podemos hacerlo a través de la crítica y la reflexión personal. Así que os animo, hombres del mundo, a que hagáis una reflexión al respecto y os pongáis en nuestro lugar. Pensad si ése es el mundo que queréis para vuestras hijas, madres, hermanas o amigas, y, aunque os equivocarais en el pasado, pensad que son vuestras pequeñas actuaciones diarias del presente y del futuro las que cambiarán el mundo en el que vivimos. Un mundo más igualitario para todos y para todas. Gracias por no piropearme.

Llamamiento a la rebeldía

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Me llama la atención, en estos tiempos que corren, el creciente halago a la equidistancia ideológica en cualquier tema, sea el que sea, mientras se demoniza fervientemente la rebeldía y la crítica al poder bajo el nombre de “radicalidad”. Ese “centro” que en la política actual tanto convence al electorado y que no es más que una sarta de injusticias disfrazadas de lo “políticamente correcto”. Ese oportunismo hijo de puta. Esa simplicidad mental, fomentada por los medios de comunicación, que lleva a la ciudadanía a no preguntarse nada porque igual molesta a alguien.
Me llama la atención porque resulta que es justamente esa rebeldía la que ha conseguido que avancemos hacia una sociedad más justa a lo largo de la Historia. Porque ¿no fueron aquellas mujeres que se rebelaron ante la injusticia de que la mujer no pudiera votar legalmente las que consiguieron el voto femenino? ¿No fueron aquellos que lucharon contra la segregación y discriminación racial en Estados Unidos los que consiguieron los mismos derechos para blancos y negros cuando legalmente no los tenían? ¿No fueron los partidarios de Nelson Mandela los que consiguieron acabar con el Apartheid en Sudáfrica? Me gustaría saber dónde estaban todas aquellas personas que callaban ante tales injusticias porque a ellos no les afectaba directamente, o porque les restaban privilegios personales, o porque era su trabajo secundarlos, y ahora hacen bandera de los logros obtenidos. ¿Acaso somos nosotros? Igual ha llegado el momento de que seamos valientes, denunciemos, busquemos la justicia para todos y todas, no sólo para unos pocos, generemos preguntas y debate más allá de lo que nos generan los medios de comunicación, de que nos cuestionemos porqué estamos siempre del lado del más fuerte, hagamos autocrítica aunque nos duela. Seamos incorrectos y rebeldes. No serlo sólo nos lleva al estancamiento, a la injusticia y a la mediocridad social.